El catálogo se audita a sí mismo
Seguían apareciendo fichas que eran el mismo producto contado dos veces. La disciplina de medir cada arreglo antes de darlo por bueno, llevada un paso más allá.
Mientras seguía afinando Mi semana, volví a un frente que había quedado abierto desde el principio: por más que el sistema ya reconociera productos razonablemente bien, seguían apareciendo fichas que en realidad eran el mismo producto contado dos veces, y fichas que decían tener una sola tienda cuando el producto estaba disponible en varias. Para alguien comparando precios, eso no es un detalle — es la diferencia entre confiar en el número que ve o no.
Esta vez no me conformé con arreglar los casos que iba encontrando a mano. Armé una forma de medir el problema completo: tomar una muestra al azar de todo el catálogo, no solo de los casos donde ya sospechaba que algo estaba mal, y preguntar por los dos errores posibles a la vez — lo que debería estar junto y quedó separado, y lo que se juntó de más y no debía. La primera medición fue incómoda: a una de cada cinco fichas le faltaba algo. Con esa cifra como punto de partida, cada arreglo dejó de evaluarse por si “se veía mejor” y empezó a evaluarse por cuánto movía ese número, hacia arriba o hacia abajo.
También hasta acá había vivido un problema más chico pero igual de real: la marca de un producto no siempre es un dato limpio. La misma marca aparece escrita distinto en cada tienda, hay líneas que pertenecen a una marca más grande, hay razones sociales que no son la marca que la persona reconoce. Le dediqué a esto su propio proceso: cada caso dudoso se resuelve una sola vez y ese veredicto queda guardado, para no tener que volver a decidirlo la próxima vez que aparezca.
Con el catálogo auditándose a sí mismo en vez de confiar en la memoria de nadie, tocaba ordenar la casa: el código del producto había crecido rápido y necesitaba, antes de seguir creciendo, piezas con nombre y borde propio.