Lo que el instrumento no mira
Si el producto va a salir a decir todos los días dónde está más barato, primero tiene que tener razón. Esta semana la dediqué a medir cuánto se equivoca.
Que el producto salga a hablar todos los días tiene una consecuencia incómoda: ahora tiene que tener razón todos los días. Armé mi propia lista de la semana, la comparé, y el ahorro me salió chico. En vez de darlo por bueno me hice la pregunta que no quería hacerme: ¿y si el ahorro es chico porque el sistema no está viendo todas las alternativas que existen? Si a la ficha de un producto le falta justo la tienda donde está más barato, el comparador no miente — simplemente no se enteró. Ese es el peor error posible, porque no deja rastro: nadie reclama por una oferta que nunca vio.
Para contestar eso hacía falta un instrumento, y ahí estuvo el aprendizaje del que menos orgulloso estoy y más me sirvió. Hay dos errores opuestos —fichas a las que les falta un producto que debería estar, y fichas que juntaron cosas que no son lo mismo— y es facilísimo mejorar un número empeorando el otro sin darse cuenta. Mi primer diseño de la medición miraba solo donde yo creía que estaba el problema. Lo corregí a tiempo: la muestra pasó a sortearse sobre el catálogo entero, casi 57 mil fichas, y a cada ficha sorteada se le hacen las dos preguntas. El resultado justificó el cambio, porque el peor tramo de todos resultó ser justamente el que mi primer diseño habría declarado sano.
El sorteo fue de 1 048 fichas de todo el catálogo, revisadas una por una, con un margen de tres puntos al 95 % de confianza. De cada cien fichas, veintiuna están incompletas y una tiene adentro algo que no corresponde. O sea: el catálogo no está mal fusionado, está mal completado. Y el detalle que más me hizo pensar es sobre el instrumento anterior, ese en el que yo venía confiando: veía el catorce por ciento de lo que realmente había. Un instrumento que solo sabe encontrar una clase de error termina certificando la clase que no mira.
De ahí sale la regla que no pienso mover: una cifra que no llega a su meta se sube arreglando el producto, nunca aflojando la vara que la mide. Lo que viene ahora es cerrar esa brecha —incluida la recuperación de un dato que una de las cadenas no publica y las demás sí, y que hoy le impide a miles de fichas encontrar a su gemela—. Cada punto que se recupera ahí es una tienda más que el comparador puede ver, y plata que aparece en la pantalla de alguien.